viernes, 23 de diciembre de 2016

trastos viejos

He imaginado una vida contigo 
y luego la he roto en trocitos
y los he tirado por el desagüe, 
para ver cómo lo atascaban.

Le he dibujado unos labios a la luna
para tatuarle después una sonrisa de payaso
para no olvidar que cuando vuelve,
a veces, se ríe de mi.

He corrido como alma que lleva el diablo,
buscando un vertedero donde 
abandonar todos los escombros
en que se ha convertido este mundo.

Todo esto, para nada, sin sentido.
Desde que supe que sólo nos queríamos cuando estábamos drogados, me anestesio intermitentemente buscando que todo desaparezca. Pero todo siempre se queda ahí. Mirándome


sábado, 17 de diciembre de 2016

A.K.A...

Tienes esa extraña capacidad para no darte cuenta de las cosas. Tan sólo... tú tan sólo te dedicas a sembrar sensaciones, no sé cómo lo haces, de verdad. Pasas de puntillas, sin despertar al ruido; entonces mueves los dedos y la sonrisa, esa... esa mueca, esa mueca... esa pesadilla que me atormenta en las noches insomnes, de tan incomprensible; tan absoluta en su imperfección, tan magnética... esa mueca que juro haber visto, existe.
Si fuera un mecanismo sencillo supongo que lo percibirías, pero es algo más. Abarca desde el ángulo que forman tus pies cuando estás parada, intranquila, hasta el color de tus mejillas cuando estás feliz. Y todo eso, de alguna manera, y desde siempre, hace cambiar el rumbo de las cosas. 
Luego... luego te vas, pasas una temporada fuera, o dentro, o en ninguna parte. Dicen que desapareces para morir y, premeditadamente, renacer. El caso es que siempre vuelves, siempre eres la misma y, sin embargo, da la sensación de que haya habido una guerra en tu interior, de que hayan aniquilado todos tus recuerdos, quemado tus heridas, y hayas vuelto renacida, pero igual, una vez más. Dispuesta a salvar el invierno. Dispuesta a romper las ventanas y dejar el frío entrar. 

No tengo claro quién eres ahora, quién has sido siempre.

sábado, 15 de octubre de 2016

Purple rain

Los labios marcados en el borde de la taza, lilas hoy, intensos. No saldrán de casa esta noche, pero se lo merecen. La suavidad se abre paso entre mis venas, noto la piel aterciopelada y el reloj amigo, tranquilo, la rabia está dando paso (por unos minutos, un ratito de psicodelia) a la benevolencia. La música suena fuerte, acompasando los latidos del corazón, las sienes al ritmo que marca cualquiera de las canciones para después de la tempestad. Claqué en mis falanges.

Pero se interrumpe el baile, vuelve el rictus: "Segundo premio", su puta madre. Segundos premios disfrazados de buenas palabras, de juegos inocentes con vidas ajenas; malabares en el aire son mis sentimientos en tus manos.

viernes, 16 de septiembre de 2016

caminantes negros

Los círculos son sexy. El verano no vendrá, hasta que tú... Nada. La calle se aleja, el miedo quema; y tú... Nada. Van pasando las hojas y la vida se desvanece, el sentido se pierde; y así va llegando el final de esta canción fantasma, la que nos ha tocado vivir, en la que nos gusta jugar. 
Pero qué bueno que nos crucemos por los caminos ahora que decidimos dejarnos llevar, ahora que tocamos todos los acordes antes de darlo por perdido, ahora que las ganas son las cuerdas que mueven nuestros pies de marioneta. Qué bueno dejarse llevar ahora que hay tantos lugares que conquistar, tantos rostros que codificar en braille, tantos gustos que guardar en las papilas de mi memoria. 
Que si el verano no viene y la calle se aleja, habrá que buscar puertas, encontrar salidas y caminar, un paso tras otro, hacia donde nos lleve el instinto, allá donde imaginemos las baldosas amarillas. 

Nunca necesitamos la realidad para crecer.

sábado, 30 de julio de 2016

Leche con galletas

Me diste miedo, al principio, lo recuerdo perfectamente. Agazapada detrás de cualquiera y observándote en silencio, intuyendo que en el fondo había algo, una pieza que no encajaba. No sé cuánto tiempo duró este sentimiento, poco, supongo. De un día para otro, el miedo dio paso a un amor desmedido y entregado.
De alguna manera extraña me apasionaba el olor a tierra de tus manos y el tacto áspero, casi violento; la piel frágil y trabajada, erosionada; el cuero cabelludo que se tornaba un mapa geográfico de ciudades aún por descubrir;  los cabellos, blancos, finos, guardando tantos años en su memoria, años que yo quería conocer. La sonrisa ancha, pura, tranquila…. Fácil y sin vueltas. Expresiones de una infancia imperecedera que sólo caben en unos ojos más claros que la luz, en el corazón más grande que yo haya conocido, abierto las veinticuatro horas del día a cualquier extraviado que pasara por su lado.
Recuerdo las noches de calor, ya fuera en la terraza o sobre el césped, intentando hacer comprender a una niña de unos seis años la inmensidad del firmamento, la disposición no tan caprichosa de los astros y su paradójica historia vital: iluminan aun muertas, no centellean pese a acabar de nacer. La aspereza de tus manos me mostró el respeto a las cosas-vivas-que-no-hablan (las mejores), la importancia de vivir despacio pero seguro, de irse a la cama con la necesidad de haber aprendido algo nuevo, aunque fuera mentira. 
Me enseñaste lo bello de sentirse especialmente querida por alguien diferente, alguien capaz de dar su vida misma por un extraño y a su vez difícil de encontrar en un abrazo cariñoso. Pero descubrí que había más amor en las historias que me contabas que en los abrazos que pudiera hallar en los brazos de cualquiera. Y llegué a entrever cierta expresión de orgullo en tu cara al verme realizar con éxito tareas que no estaban claramente designadas a una niña, una niña que veía en ti el ejemplo claro a seguir.
Sin darme cuenta, llegué a ser yo quien te enseñaba algunas cosas banales y absurdas de la vida, esa vida que iba construyéndose demasiado adelantada y deprisa para un hombre que ya había destapado las grandes verdades- y mentiras- de una realidad cualquiera.

Más tarde, me disparó a bocajarro la realidad de los años. El envejecimiento absurdo e innecesario, la dependencia permanente, la pérdida de identidad, la distorsión de los recuerdos, la desgarradora amnesia, caprichosa e hiriente. Reconocí el egoísmo en el amor, la maleficencia no buscada, pero conseguida. Una  carrera imposible de ganar.

Creo que podría darle la espalda al mundo entero y tú seguirías ahí, con la sonrisa cálida, los ojos centelleantes a medio abrir y ese rostro suave, recién afeitado, en una mañana calurosa y agradable de domingo.

Te espero cada noche para tomar el vaso de leche caliente con galletas de rigor, el de los niños que siguen siéndolo setenta años más tarde, el de adentrarte en los sueños polares con más delicadeza que cualquier hipnótico. Y, en cierto modo, me acompañas, y me arropas y me bajas la persiana para que nada ni nadie perturbe la tranquilidad de mis sueños, para que la vida no moleste más.

lunes, 13 de junio de 2016

Llamada en espera (o Después de un mes)

Seis arrancadas de motor sin llegar a ningún destino, a ningún final. Media vuelta cuando la serenidad me invade y  así continuar con el otro camino, el de la rutina (absurda, lejana, ilegítima), el de las náuseas.
Dos  inmersiones en los mundos de la sociabilidad, la felicidad que duele y el carmín barato. Unas horas, y unas copas, más tarde, me veo luchando por salir a la superficie de la soledad tranquila, del dolor que –también- duele y de las erosiones palpables y visibles.
Cero respuestas y el miedo a sus preguntas, obteniendo un 0-0. Pican las ganas de saber y escuece el miedo a descubrir (la verdad).
Dos por diez botellas de vino, lengua tiznada bajo sus efectos, somnolencia agradable para hacer atractivas las noches que se van sucediendo como si fueran de plástico, como si fueran de otra persona. Asépticas y acondicionadas, adaptadas a la situación.
Tres cambios de cama, y ya es irrecuperable el olor. He violado los espacios y las normas, las formas y la orientación. Intento dormir con el sur al norte y viceversa pero ya no esconde sentido alguno, y la seriedad me obliga a cambiar rápido de postura, a no enfadar a los gestores de mis sueños.
Cinco años, ya ni lo sé, nunca lo supe. De nada, de paso. Agujero negro de espinas internas que se iba estrechando a poco, lúgubre y sombrío. Y, aun así,…candor.
Ocho juramentos de no volver a hablar, de no volver a escribir, de no volver a pensar, tocar, esperar, oler, sentir, imaginar, gritar, tragar, leer, soñar. Te. Y por ahora va perdiendo el instinto animal (¡hurra!).
Seis discos, viejos discos, en torno a los que giran mis días, mis últimos días. Como una cuerda que me socorre, al final, en la corriente violenta del río; como una cuerda que se abraza a mi cuello en el mecer tranquilo de la noche, y aprieta.
Siete vienen siendo los días de la semana que me sobran, porque al fin y al cabo esto no es más que un ser por ser, un estar por estar; y así vamos, dejándonos llevar.


     Si sólo veo ceros en los planes de mi cabeza, y por más que hubiera…tan sólo es el cero el que quiero encontrar. Estar así, ausente, la nada, lo nulo, lo inexistente, lo que nunca existió.

martes, 7 de junio de 2016

recuerdos salvajes

Lo ha conseguido. Una botella de vino más tarde, ahí está, memoria en marcha: tendrá unos seis o siete años y paladea la idea del caos, de la autodestrucción, del fin (que no justifica ningún medio y sí unos cuantos miedos). Empuña con dedicación y convicción un antiguo abrecartas con piedras preciosa en su base (aunque no son más que trocitos de plástico, lo cual ya sospecha), de punta roma de tanto uso pasado, pero que en su imaginación se torna salvaje y apetecible, la llave que le abrirá las puertas a lo desconocido, la vía de escapatoria, la huida. Ha jugado tantas veces con la idea y con el objeto en sí que de vez en cuando lo desempolva como quien revisa un libro. 
Y seguiría jugando mucho tiempo aún, hasta que algo dentro de su cabeza hiciera “crash!” y se abolieran los juegos de riesgo y de aceptación moral y personal. Llegaría entonces la época de tratar de ser una persona normal, or-di-na-ria, sin escándalos autodestructivos ni accesos de enajenación, ... y se consiguió.


Ahora, una botella de vino más tarde, unas cuantas primaveras de distancia, vuelve a verse en la misma tesitura, pero ya no cuenta con abrecartas romos con los que jugar, ni ganas de desempolvar viejos monstruos, aunque les oye dentro del armario, bramando por salir. 
Se concentra en la agradable pérdida de sensibilidad de sus partes distales y se refugia en esa sensación, haciendo caso omiso de otras entradas de información furtivas. Ya no tiene edad… aunque no debería haber nunca una edad para ciertos juegos. Deja a un lado esa idea, arrugada de tan usada, y saborea la poca saliva que le queda, ardiente y ferrosa; pidiendo más analgesia para el dolor de estar vivos. Abrirá, pues, otra botella de vino hasta anular la coordinación de sus manos y, finalmente, descansar (hasta mañana).

sábado, 4 de junio de 2016

Una tarde más de aquel invierno incierto

Escuchar esa voz, dos meses después. Conversaciones informatizadas, deletreadas, edulcoradas, y tergiversadas; sobre todo esto último. Conversaciones con miedo que han ido creciendo hasta conver-tirse en una fecha, una hora, un lugar. Llegas tarde, se impacienta. Te maldices mientras rebuscas en el armario de la calle la chaqueta azul que seguro vestirá. Te despides de la compañía que cercaba tus dudas en la ruta, despistándote con vanas palabras, con lengua viperina. Pero se despide al fin y ahí te ves, chaqueta-azul y tú, esa vida pasada y esa que aún está por llegar, caminando ambas con la mirada fija al frente. Palabras sueltas: qué tal ha ido, será superable, te veo bien, será la luz (o su ausencia), hace frío, será el calor (sí, su ausencia), caminan lento, será la prisa. Te pican las ganas de saber, le escuecen las ganas de olvidar.  
Llegáis al santuario, madera vagamente barnizada, metro y medio de alto por cuatro de largo. Surcan su superficie heridas circulares de guerra. Apoyas el codo, hoy empieza todo. Comenzáis por narraciones ensayadas, sonrisas prefabricadas y gestos estudiados. El alcohol hace su trabajo y comienza a desbaratar el plan formal, abriendo la puerta a las frases cortas y los puntos suspensivos, a los movimientos no medidos y a los cambios de temperatura no termometrados. El reloj, que había entrado en un sueño profundo, se despierta acompasado por la música y grita a voces la realidad.  
Miras cada ángulo de la habitación para memorizar una por una las fotografías de la noche, de todas las noches que habitaron ese momento. Y marcháis, revelando los negativos fuera de tiempo, des-velando un carrete caducado. Palmada-palmada-palmada en ángulo superior externo de omóplato derecho. Hasta otra; otra cita, otra barra, otra birra... otra vida.  
Sonrisilla de medio lado con tendencia a inclinarse hacia abajo demasiado pronto.  

Enero 2014

jueves, 2 de junio de 2016

Betadine, gasas y esparadrapo

Ahora me veo aquí, con la sensación de haber reconquistado cada día al haber alcanzado la noche; triunfante y orgullosa, triste y derrotada a la vez. Es todo un logro coronar la cima de una montaña que no quieres escalar, consciente de la atracción que reside en dejarse arrastrar por la corriente de este río para acabar... ya sabes, sí, ya sé, en el fondo de algún mar (oscuro, frío y húmedo, como siempre).
Pies de plomo cuidadosamente diseñados durante esas noches de reconquista, triunfante y orgullosa, triste y derrotada, insomne…. Plomo que mantiene el sedal tranquilo, estable, aguardando en la quietud de las aguas bravas; plomo que derriba la frágil pero basta estructura de unos grandes almacenes, derramándose sus vigas y cimientos en tus ojos.
Llega la tormenta, sí, cada madrugada, y me encuentra inerte, inmóvil, anclada a la cama. Ya ni el tintineo de unas llaves consigue sacarme del letargo- al fin- y en mi cabeza sólo fluyen materiales incandescentes, lenguas ardientes que recorren mis campos, nuestras historias- vida y obra- arrasando, arañando, arrancando, quebrando, quebrantando (huesos); dejando yerma la superficie vital- y corporal.
Y…bueno, una vez más, llega él, el sol; perezoso, se abre paso entre mis piernas y un hachazo me parte en dos – aparecen entonces los jinetes del apocalipsis y sus caballos de carreras. Parece que un nuevo día ha ganado la batalla y, con ella, mi derrota.


Betadine, gasas y esparadrapo. Hoy toca reconquistar el día al ritmo de un theremin.