Echando la vista atrás, sintiendo los momentos peregrinar por mis antebrazos, estimulando cada poro. Recorriendo los recovecos de nuestros caminos, que se cruzaron hace ya cuatro años o 1460 días, alguno más... alguno menos. Alcanzando a oler cada uno de los colores que llenaron nuestras mañanas de resaca, o de empalmada; las tardes de vivir por vivir en plano horizontal o vivir por alcanzar uno de los puestos codiciados de esas jaulas de conocimiento que dicen llamarse bibliotecas, aun sabiendo que son mucho más (entrenamiento de gestos silenciosos para conversaciones eternas y otras historias); las “postardes” de Retiro, espiritual y en todos los sentidos; las “prenoches” de nubes en el salón dispuestas para conversaciones pequeñas, y absurdas...pero tan grandes; y las noches...esas noches, de luces de neón en las pupilas y tiendas de disfraces en nuestras chisteras, aprendiendo lo fácil que es dejarse llevar de la mano de un vampiro, volando con sorbos de guerra, o de paz, o de las dos a la vez, dejándonos querer por cada farola, y cada escalón mal superado...pero superado al final, con una sonrisa de oreja a oreja, gracias al ejército de incompetentes desastres que me acompañaba, y me acompaña, y de algún superheroe Desastre que quiso salvar las noches de luna llena.
Por todo...y por mucho, mucho más, es fácil echar la vista atrás y sonreír al pensar que todo esto...volverá.