sábado, 30 de julio de 2016

Leche con galletas

Me diste miedo, al principio, lo recuerdo perfectamente. Agazapada detrás de cualquiera y observándote en silencio, intuyendo que en el fondo había algo, una pieza que no encajaba. No sé cuánto tiempo duró este sentimiento, poco, supongo. De un día para otro, el miedo dio paso a un amor desmedido y entregado.
De alguna manera extraña me apasionaba el olor a tierra de tus manos y el tacto áspero, casi violento; la piel frágil y trabajada, erosionada; el cuero cabelludo que se tornaba un mapa geográfico de ciudades aún por descubrir;  los cabellos, blancos, finos, guardando tantos años en su memoria, años que yo quería conocer. La sonrisa ancha, pura, tranquila…. Fácil y sin vueltas. Expresiones de una infancia imperecedera que sólo caben en unos ojos más claros que la luz, en el corazón más grande que yo haya conocido, abierto las veinticuatro horas del día a cualquier extraviado que pasara por su lado.
Recuerdo las noches de calor, ya fuera en la terraza o sobre el césped, intentando hacer comprender a una niña de unos seis años la inmensidad del firmamento, la disposición no tan caprichosa de los astros y su paradójica historia vital: iluminan aun muertas, no centellean pese a acabar de nacer. La aspereza de tus manos me mostró el respeto a las cosas-vivas-que-no-hablan (las mejores), la importancia de vivir despacio pero seguro, de irse a la cama con la necesidad de haber aprendido algo nuevo, aunque fuera mentira. 
Me enseñaste lo bello de sentirse especialmente querida por alguien diferente, alguien capaz de dar su vida misma por un extraño y a su vez difícil de encontrar en un abrazo cariñoso. Pero descubrí que había más amor en las historias que me contabas que en los abrazos que pudiera hallar en los brazos de cualquiera. Y llegué a entrever cierta expresión de orgullo en tu cara al verme realizar con éxito tareas que no estaban claramente designadas a una niña, una niña que veía en ti el ejemplo claro a seguir.
Sin darme cuenta, llegué a ser yo quien te enseñaba algunas cosas banales y absurdas de la vida, esa vida que iba construyéndose demasiado adelantada y deprisa para un hombre que ya había destapado las grandes verdades- y mentiras- de una realidad cualquiera.

Más tarde, me disparó a bocajarro la realidad de los años. El envejecimiento absurdo e innecesario, la dependencia permanente, la pérdida de identidad, la distorsión de los recuerdos, la desgarradora amnesia, caprichosa e hiriente. Reconocí el egoísmo en el amor, la maleficencia no buscada, pero conseguida. Una  carrera imposible de ganar.

Creo que podría darle la espalda al mundo entero y tú seguirías ahí, con la sonrisa cálida, los ojos centelleantes a medio abrir y ese rostro suave, recién afeitado, en una mañana calurosa y agradable de domingo.

Te espero cada noche para tomar el vaso de leche caliente con galletas de rigor, el de los niños que siguen siéndolo setenta años más tarde, el de adentrarte en los sueños polares con más delicadeza que cualquier hipnótico. Y, en cierto modo, me acompañas, y me arropas y me bajas la persiana para que nada ni nadie perturbe la tranquilidad de mis sueños, para que la vida no moleste más.