De entre la multitud apareció, nadando contracorriente, su sonrisa asimétrica y perfecta, roja, como la sangre que corría por sus venas, inquietas ahora ante los choques de miradas.
La noche se convirtió en un suspiro que él invirtió en verla acercarse. Al tocarle, esa marea de calor, de suavidad, de almendras tostadas... ese saberse en casa mientras ella le abrazaba con sus alas.
Un suspiro de conversaciones silenciosas entre dos pares de ojos que no paraban de reír.
Una sonrisa más tarde, separaron sus caminos, sin un adiós, sin un momento preciso y elegido ... sabiendo que volverían a sentirse como en casa pronto, muy pronto; al fin y al cabo, no eran más que cuerpos abrazables.