lunes, 13 de junio de 2016

Llamada en espera (o Después de un mes)

Seis arrancadas de motor sin llegar a ningún destino, a ningún final. Media vuelta cuando la serenidad me invade y  así continuar con el otro camino, el de la rutina (absurda, lejana, ilegítima), el de las náuseas.
Dos  inmersiones en los mundos de la sociabilidad, la felicidad que duele y el carmín barato. Unas horas, y unas copas, más tarde, me veo luchando por salir a la superficie de la soledad tranquila, del dolor que –también- duele y de las erosiones palpables y visibles.
Cero respuestas y el miedo a sus preguntas, obteniendo un 0-0. Pican las ganas de saber y escuece el miedo a descubrir (la verdad).
Dos por diez botellas de vino, lengua tiznada bajo sus efectos, somnolencia agradable para hacer atractivas las noches que se van sucediendo como si fueran de plástico, como si fueran de otra persona. Asépticas y acondicionadas, adaptadas a la situación.
Tres cambios de cama, y ya es irrecuperable el olor. He violado los espacios y las normas, las formas y la orientación. Intento dormir con el sur al norte y viceversa pero ya no esconde sentido alguno, y la seriedad me obliga a cambiar rápido de postura, a no enfadar a los gestores de mis sueños.
Cinco años, ya ni lo sé, nunca lo supe. De nada, de paso. Agujero negro de espinas internas que se iba estrechando a poco, lúgubre y sombrío. Y, aun así,…candor.
Ocho juramentos de no volver a hablar, de no volver a escribir, de no volver a pensar, tocar, esperar, oler, sentir, imaginar, gritar, tragar, leer, soñar. Te. Y por ahora va perdiendo el instinto animal (¡hurra!).
Seis discos, viejos discos, en torno a los que giran mis días, mis últimos días. Como una cuerda que me socorre, al final, en la corriente violenta del río; como una cuerda que se abraza a mi cuello en el mecer tranquilo de la noche, y aprieta.
Siete vienen siendo los días de la semana que me sobran, porque al fin y al cabo esto no es más que un ser por ser, un estar por estar; y así vamos, dejándonos llevar.


     Si sólo veo ceros en los planes de mi cabeza, y por más que hubiera…tan sólo es el cero el que quiero encontrar. Estar así, ausente, la nada, lo nulo, lo inexistente, lo que nunca existió.

martes, 7 de junio de 2016

recuerdos salvajes

Lo ha conseguido. Una botella de vino más tarde, ahí está, memoria en marcha: tendrá unos seis o siete años y paladea la idea del caos, de la autodestrucción, del fin (que no justifica ningún medio y sí unos cuantos miedos). Empuña con dedicación y convicción un antiguo abrecartas con piedras preciosa en su base (aunque no son más que trocitos de plástico, lo cual ya sospecha), de punta roma de tanto uso pasado, pero que en su imaginación se torna salvaje y apetecible, la llave que le abrirá las puertas a lo desconocido, la vía de escapatoria, la huida. Ha jugado tantas veces con la idea y con el objeto en sí que de vez en cuando lo desempolva como quien revisa un libro. 
Y seguiría jugando mucho tiempo aún, hasta que algo dentro de su cabeza hiciera “crash!” y se abolieran los juegos de riesgo y de aceptación moral y personal. Llegaría entonces la época de tratar de ser una persona normal, or-di-na-ria, sin escándalos autodestructivos ni accesos de enajenación, ... y se consiguió.


Ahora, una botella de vino más tarde, unas cuantas primaveras de distancia, vuelve a verse en la misma tesitura, pero ya no cuenta con abrecartas romos con los que jugar, ni ganas de desempolvar viejos monstruos, aunque les oye dentro del armario, bramando por salir. 
Se concentra en la agradable pérdida de sensibilidad de sus partes distales y se refugia en esa sensación, haciendo caso omiso de otras entradas de información furtivas. Ya no tiene edad… aunque no debería haber nunca una edad para ciertos juegos. Deja a un lado esa idea, arrugada de tan usada, y saborea la poca saliva que le queda, ardiente y ferrosa; pidiendo más analgesia para el dolor de estar vivos. Abrirá, pues, otra botella de vino hasta anular la coordinación de sus manos y, finalmente, descansar (hasta mañana).

sábado, 4 de junio de 2016

Una tarde más de aquel invierno incierto

Escuchar esa voz, dos meses después. Conversaciones informatizadas, deletreadas, edulcoradas, y tergiversadas; sobre todo esto último. Conversaciones con miedo que han ido creciendo hasta conver-tirse en una fecha, una hora, un lugar. Llegas tarde, se impacienta. Te maldices mientras rebuscas en el armario de la calle la chaqueta azul que seguro vestirá. Te despides de la compañía que cercaba tus dudas en la ruta, despistándote con vanas palabras, con lengua viperina. Pero se despide al fin y ahí te ves, chaqueta-azul y tú, esa vida pasada y esa que aún está por llegar, caminando ambas con la mirada fija al frente. Palabras sueltas: qué tal ha ido, será superable, te veo bien, será la luz (o su ausencia), hace frío, será el calor (sí, su ausencia), caminan lento, será la prisa. Te pican las ganas de saber, le escuecen las ganas de olvidar.  
Llegáis al santuario, madera vagamente barnizada, metro y medio de alto por cuatro de largo. Surcan su superficie heridas circulares de guerra. Apoyas el codo, hoy empieza todo. Comenzáis por narraciones ensayadas, sonrisas prefabricadas y gestos estudiados. El alcohol hace su trabajo y comienza a desbaratar el plan formal, abriendo la puerta a las frases cortas y los puntos suspensivos, a los movimientos no medidos y a los cambios de temperatura no termometrados. El reloj, que había entrado en un sueño profundo, se despierta acompasado por la música y grita a voces la realidad.  
Miras cada ángulo de la habitación para memorizar una por una las fotografías de la noche, de todas las noches que habitaron ese momento. Y marcháis, revelando los negativos fuera de tiempo, des-velando un carrete caducado. Palmada-palmada-palmada en ángulo superior externo de omóplato derecho. Hasta otra; otra cita, otra barra, otra birra... otra vida.  
Sonrisilla de medio lado con tendencia a inclinarse hacia abajo demasiado pronto.  

Enero 2014

jueves, 2 de junio de 2016

Betadine, gasas y esparadrapo

Ahora me veo aquí, con la sensación de haber reconquistado cada día al haber alcanzado la noche; triunfante y orgullosa, triste y derrotada a la vez. Es todo un logro coronar la cima de una montaña que no quieres escalar, consciente de la atracción que reside en dejarse arrastrar por la corriente de este río para acabar... ya sabes, sí, ya sé, en el fondo de algún mar (oscuro, frío y húmedo, como siempre).
Pies de plomo cuidadosamente diseñados durante esas noches de reconquista, triunfante y orgullosa, triste y derrotada, insomne…. Plomo que mantiene el sedal tranquilo, estable, aguardando en la quietud de las aguas bravas; plomo que derriba la frágil pero basta estructura de unos grandes almacenes, derramándose sus vigas y cimientos en tus ojos.
Llega la tormenta, sí, cada madrugada, y me encuentra inerte, inmóvil, anclada a la cama. Ya ni el tintineo de unas llaves consigue sacarme del letargo- al fin- y en mi cabeza sólo fluyen materiales incandescentes, lenguas ardientes que recorren mis campos, nuestras historias- vida y obra- arrasando, arañando, arrancando, quebrando, quebrantando (huesos); dejando yerma la superficie vital- y corporal.
Y…bueno, una vez más, llega él, el sol; perezoso, se abre paso entre mis piernas y un hachazo me parte en dos – aparecen entonces los jinetes del apocalipsis y sus caballos de carreras. Parece que un nuevo día ha ganado la batalla y, con ella, mi derrota.


Betadine, gasas y esparadrapo. Hoy toca reconquistar el día al ritmo de un theremin.