Ahora me veo aquí, con la sensación de haber reconquistado
cada día al haber alcanzado la noche; triunfante y orgullosa, triste y
derrotada a la vez. Es todo un logro coronar la cima de una montaña que no
quieres escalar, consciente de la atracción que reside en dejarse arrastrar por
la corriente de este río para acabar... ya sabes, sí, ya sé, en el fondo de algún
mar (oscuro, frío y húmedo, como siempre).
Pies de plomo cuidadosamente diseñados durante esas noches
de reconquista, triunfante y orgullosa, triste y derrotada, insomne…. Plomo que
mantiene el sedal tranquilo, estable, aguardando en la quietud de las aguas
bravas; plomo que derriba la frágil pero basta estructura de unos grandes
almacenes, derramándose sus vigas y cimientos en tus ojos.
Llega la tormenta, sí, cada madrugada, y me encuentra inerte,
inmóvil, anclada a la cama. Ya ni el tintineo de unas llaves consigue sacarme
del letargo- al fin- y en mi cabeza sólo fluyen materiales incandescentes,
lenguas ardientes que recorren mis campos, nuestras historias- vida y obra-
arrasando, arañando, arrancando, quebrando, quebrantando (huesos); dejando
yerma la superficie vital- y corporal.
Y…bueno, una vez más, llega él, el sol; perezoso, se abre
paso entre mis piernas y un hachazo me parte en dos – aparecen entonces los
jinetes del apocalipsis y sus caballos de carreras. Parece que un nuevo día ha
ganado la batalla y, con ella, mi derrota.
Betadine, gasas y esparadrapo. Hoy toca reconquistar el día
al ritmo de un theremin.
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