Juega con unas canicas
en su mano mientras piensa, baraja la posibilidad de darle la razón, de dar
su brazo a torcer; aceptar que, sí, algún anclaje del intrincado mecanismo que
dibuja cada uno de sus actos no fue bien fabricado. Lo que antes creyó rasgos
de personalidad, tal vez, no sean más que signos de enfermedad.
Medita si aceptarlo o
no, cuando las ideas no vienen del centro del cerebro, sino que llegan en palomas
mensajeras, le cuesta siglos asimilarlas y, más aún, asumirlas. Pros y contras.
La paz en la discusión, aceptar la derrota y morir en ella, dejar de ser, de
pensar, de llorar, de soñar. Podría ser capaz de olvidar las cosas que le
importan, capaz de no preguntarse el por qué de las baldosas amarillas, capaz
de soportar los gritos vacíos de la gente, capaz de convivir con los zombis
sanos de mente y estables de corazón que infestan las calles. Sería eficaz en
su tarea de ser normal, lo sabe. Algún día, incluso, le dirían que parece
feliz, y sería capaz incluso de creerlo.
Y es, sin embargo, tan
atractivo continuar siendo, errando, pensando, maldiciendo, discutiendo,
callando, escuchando, preguntando, llorando, peleando, soñando, retrocediendo… y
saltando más alto… y, sobre todo, desestimando cada uno de los juicios de valor
que él ha hecho.
Siente un leve masaje
en la palma de su mano, humedece sus labios con la lengua, trata de coger aire…pero
aún no es capaz de llenar sus pulmones. Quedan asuntos por resolver, bronquios
por desatascar. Suelta las canicas en la mesa, y se ve, diminuta, reflejada en
ellas. Tiene que ser fantástico presenciar la elaboración de una canica. Ríe. Orgullosa.
Los zombis no opinan (lo mismo).