Fijar un objetivo, lejano; si es de noche, preferible, bien puede valer la luz más distante que hallemos. Con la mirada centrada, asegurarnos de lo que queremos hacer, y de que queremos de verdad (este punto es clave, porque las dudas vendrán, siempre, pero más vale tener la certeza de que al inicio estaba uno convencido de lo que hacía, y de lo que quería). Tras estos dos sencillos pasos, el resto es comportarse al más puro estilo animal, y correr, y no mirar atrás, ni a ningún otro punto más allá del farolillo al final de la senda, la guía.
Es un camino de tierra, habrá obstáculos, pero nuestra mente es esa luz, y ya no existen pies para tropezar.
Si cometimos el error de guardar imperdibles en nuestros bolsillos, tal vez caigan al suelo en la carrera, y no nos importará, no podemos parar.
Corre, animal ... al llegar a la meta descubrirás que tan sólo acaba de empezar.
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