martes, 17 de diciembre de 2013

de cómo se destruyen las papilas


Sentado, ahí, frente a su desayuno. Una semana atrás habría asegurado ser conocedor de todas las verdades del universo, infinito. Ahora cada herida dibujada en la pared es una pregunta sin respuesta, no en este momento.  Tiene  tantas dudas que se agolpan, como cuerpos en un túnel, y no alcanza a acertar la respuesta de ninguna.  Ningún cuerpo con vida.

Puede parecer pretencioso, se lo plantea incluso. La gente que se cuestiona muchas cosas peca de superioridad, de querer llegar más allá. Pero no, sencillamente todo lo que le rodea se ha vestido de interrogaciones, como si de una fiesta de disfraces se tratara. Sus ojos, inseguros, empiezan a hallar grietas en todas las verdades que aceptó sin dudarlo. ¿Será acaso él quien cree ser? Llevado al extremo, ¿existirá realmente? ¿Qué quiere decir realmente? 

Apenas han pasado 2 minutos, sigue ahí, frente a su desayuno, algo más frío. Se arrepiente de no creer en dios, y al pensarlo un escalofrío recorre su cuerpo, ¿será que existe? Esboza una sonrisa silenciosa, “para dios”. 
Y en tal enjambre de interrogantes, sin embargo, lo que más le preocupa es cómo puede cambiar el funcionamiento del cuerpo, animal, en un momento. Cómo puede ser que el desayuno que ayer le hacía levantarse de un salto de la cama, hoy tenga que estar sacándolo de la boca con los dedos, fríos, porque no sabe absolutamente a nada. Puede existir dios, o puede no existir, pero lo que no puede ser es que un mismo alimento deje de saber. 
En el mundo de las cosas tangibles y seguras, esto… esto no pasaba.

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