Escuchar esa voz, dos meses después. Conversaciones informatizadas, deletreadas, edulcoradas, y tergiversadas; sobre todo esto último. Conversaciones con miedo que han ido creciendo hasta conver-tirse en una fecha, una hora, un lugar. Llegas tarde, se impacienta. Te maldices mientras rebuscas en el armario de la calle la chaqueta azul que seguro vestirá. Te despides de la compañía que cercaba tus dudas en la ruta, despistándote con vanas palabras, con lengua viperina. Pero se despide al fin y ahí te ves, chaqueta-azul y tú, esa vida pasada y esa que aún está por llegar, caminando ambas con la mirada fija al frente. Palabras sueltas: qué tal ha ido, será superable, te veo bien, será la luz (o su ausencia), hace frío, será el calor (sí, su ausencia), caminan lento, será la prisa. Te pican las ganas de saber, le escuecen las ganas de olvidar.
Llegáis al santuario, madera vagamente barnizada, metro y medio de alto por cuatro de largo. Surcan su superficie heridas circulares de guerra. Apoyas el codo, hoy empieza todo. Comenzáis por narraciones ensayadas, sonrisas prefabricadas y gestos estudiados. El alcohol hace su trabajo y comienza a desbaratar el plan formal, abriendo la puerta a las frases cortas y los puntos suspensivos, a los movimientos no medidos y a los cambios de temperatura no termometrados. El reloj, que había entrado en un sueño profundo, se despierta acompasado por la música y grita a voces la realidad.
Miras cada ángulo de la habitación para memorizar una por una las fotografías de la noche, de todas las noches que habitaron ese momento. Y marcháis, revelando los negativos fuera de tiempo, des-velando un carrete caducado. Palmada-palmada-palmada en ángulo superior externo de omóplato derecho. Hasta otra; otra cita, otra barra, otra birra... otra vida.
Sonrisilla de medio lado con tendencia a inclinarse hacia abajo demasiado pronto.
Enero 2014
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