Lo ha conseguido. Una botella de vino más tarde, ahí está,
memoria en marcha: tendrá unos seis o siete años y paladea la idea del caos, de
la autodestrucción, del fin (que no justifica ningún medio y sí unos cuantos
miedos). Empuña con dedicación y convicción un antiguo abrecartas con piedras
preciosa en su base (aunque no son más que trocitos de plástico, lo cual
ya sospecha), de punta roma de tanto uso pasado, pero que en su imaginación se
torna salvaje y apetecible, la llave que le abrirá las puertas a lo
desconocido, la vía de escapatoria, la huida. Ha jugado tantas veces con la
idea y con el objeto en sí que de vez en cuando lo desempolva como quien revisa
un libro.
Y seguiría jugando mucho tiempo aún, hasta que algo dentro de su cabeza hiciera
“crash!” y se abolieran los juegos de riesgo y de aceptación moral y personal.
Llegaría entonces la época de tratar de ser una persona normal, or-di-na-ria, sin
escándalos autodestructivos ni accesos de enajenación, ... y se consiguió.
Ahora, una botella de vino más tarde, unas cuantas
primaveras de distancia, vuelve a verse en la misma tesitura, pero ya no cuenta con abrecartas romos con los que jugar, ni ganas de desempolvar viejos monstruos, aunque
les oye dentro del armario, bramando por salir.
Se concentra en la agradable pérdida de sensibilidad de sus partes distales y
se refugia en esa sensación, haciendo caso omiso de otras entradas de
información furtivas. Ya no tiene edad… aunque no debería haber nunca una edad
para ciertos juegos. Deja a un lado esa idea, arrugada de tan usada, y saborea
la poca saliva que le queda, ardiente y ferrosa; pidiendo más analgesia para el
dolor de estar vivos. Abrirá, pues, otra botella de vino hasta anular la
coordinación de sus manos y, finalmente, descansar (hasta mañana).
No hay comentarios:
Publicar un comentario