martes, 7 de junio de 2016

recuerdos salvajes

Lo ha conseguido. Una botella de vino más tarde, ahí está, memoria en marcha: tendrá unos seis o siete años y paladea la idea del caos, de la autodestrucción, del fin (que no justifica ningún medio y sí unos cuantos miedos). Empuña con dedicación y convicción un antiguo abrecartas con piedras preciosa en su base (aunque no son más que trocitos de plástico, lo cual ya sospecha), de punta roma de tanto uso pasado, pero que en su imaginación se torna salvaje y apetecible, la llave que le abrirá las puertas a lo desconocido, la vía de escapatoria, la huida. Ha jugado tantas veces con la idea y con el objeto en sí que de vez en cuando lo desempolva como quien revisa un libro. 
Y seguiría jugando mucho tiempo aún, hasta que algo dentro de su cabeza hiciera “crash!” y se abolieran los juegos de riesgo y de aceptación moral y personal. Llegaría entonces la época de tratar de ser una persona normal, or-di-na-ria, sin escándalos autodestructivos ni accesos de enajenación, ... y se consiguió.


Ahora, una botella de vino más tarde, unas cuantas primaveras de distancia, vuelve a verse en la misma tesitura, pero ya no cuenta con abrecartas romos con los que jugar, ni ganas de desempolvar viejos monstruos, aunque les oye dentro del armario, bramando por salir. 
Se concentra en la agradable pérdida de sensibilidad de sus partes distales y se refugia en esa sensación, haciendo caso omiso de otras entradas de información furtivas. Ya no tiene edad… aunque no debería haber nunca una edad para ciertos juegos. Deja a un lado esa idea, arrugada de tan usada, y saborea la poca saliva que le queda, ardiente y ferrosa; pidiendo más analgesia para el dolor de estar vivos. Abrirá, pues, otra botella de vino hasta anular la coordinación de sus manos y, finalmente, descansar (hasta mañana).

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