Me diste miedo, al principio, lo recuerdo perfectamente.
Agazapada detrás de cualquiera y observándote en silencio, intuyendo que en
el fondo había algo, una pieza que no encajaba. No sé cuánto tiempo duró este sentimiento,
poco, supongo. De un día para otro, el miedo dio paso a un amor desmedido y
entregado.
De alguna manera extraña me apasionaba el olor a
tierra de tus manos y el tacto áspero, casi violento; la piel frágil y
trabajada, erosionada; el cuero cabelludo que se tornaba un mapa geográfico de
ciudades aún por descubrir; los
cabellos, blancos, finos, guardando tantos años en su memoria, años que yo
quería conocer. La sonrisa ancha, pura, tranquila…. Fácil y sin vueltas. Expresiones
de una infancia imperecedera que sólo caben en unos ojos más claros que la luz,
en el corazón más grande que yo haya conocido, abierto las veinticuatro horas
del día a cualquier extraviado que pasara por su lado.
Recuerdo las noches de calor, ya fuera en la terraza o sobre
el césped, intentando hacer comprender a una niña de unos seis años la
inmensidad del firmamento, la disposición no tan caprichosa de los astros y su
paradójica historia vital: iluminan aun muertas, no centellean pese a acabar de
nacer. La aspereza de tus manos me mostró el respeto a las
cosas-vivas-que-no-hablan (las mejores), la importancia de vivir despacio pero
seguro, de irse a la cama con la necesidad de haber aprendido algo nuevo,
aunque fuera mentira.
Me enseñaste lo bello de sentirse especialmente querida por alguien diferente,
alguien capaz de dar su vida misma por un extraño y a su vez difícil de
encontrar en un abrazo cariñoso. Pero descubrí que había más amor en las
historias que me contabas que en los abrazos que pudiera hallar en los brazos
de cualquiera. Y llegué a entrever cierta expresión de orgullo en tu cara al
verme realizar con éxito tareas que no estaban claramente designadas a una
niña, una niña que veía en ti el ejemplo claro a seguir.
Sin darme cuenta, llegué a ser yo quien te enseñaba algunas cosas banales y
absurdas de la vida, esa vida que iba construyéndose demasiado adelantada y
deprisa para un hombre que ya había destapado las grandes verdades- y mentiras-
de una realidad cualquiera.
Más tarde, me disparó a bocajarro la realidad de los años.
El envejecimiento absurdo e innecesario, la dependencia permanente, la pérdida
de identidad, la distorsión de los recuerdos, la desgarradora amnesia, caprichosa e hiriente. Reconocí el egoísmo en el amor, la maleficencia no
buscada, pero conseguida. Una carrera
imposible de ganar.
Creo que podría darle la espalda al mundo entero y tú
seguirías ahí, con la sonrisa cálida, los ojos centelleantes a medio abrir y
ese rostro suave, recién afeitado, en una mañana calurosa y agradable de
domingo.
Te espero cada noche para tomar el vaso de leche caliente
con galletas de rigor, el de los niños que siguen siéndolo setenta años más
tarde, el de adentrarte en los sueños polares con más delicadeza que cualquier
hipnótico. Y, en cierto modo, me acompañas, y me arropas y me bajas la persiana
para que nada ni nadie perturbe la tranquilidad de mis sueños, para que la vida
no moleste más.
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