Tienes esa extraña capacidad para no darte cuenta de las cosas. Tan sólo... tú tan sólo te dedicas a sembrar sensaciones, no sé cómo lo haces, de verdad. Pasas de puntillas, sin despertar al ruido; entonces mueves los dedos y la sonrisa, esa... esa mueca, esa mueca... esa pesadilla que me atormenta en las noches insomnes, de tan incomprensible; tan absoluta en su imperfección, tan magnética... esa mueca que juro haber visto, existe.
Si fuera un mecanismo sencillo supongo que lo percibirías, pero es algo más. Abarca desde el ángulo que forman tus pies cuando estás parada, intranquila, hasta el color de tus mejillas cuando estás feliz. Y todo eso, de alguna manera, y desde siempre, hace cambiar el rumbo de las cosas.
Luego... luego te vas, pasas una temporada fuera, o dentro, o en ninguna parte. Dicen que desapareces para morir y, premeditadamente, renacer. El caso es que siempre vuelves, siempre eres la misma y, sin embargo, da la sensación de que haya habido una guerra en tu interior, de que hayan aniquilado todos tus recuerdos, quemado tus heridas, y hayas vuelto renacida, pero igual, una vez más. Dispuesta a salvar el invierno. Dispuesta a romper las ventanas y dejar el frío entrar.
No tengo claro quién eres ahora, quién has sido siempre.
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