Miro las heridas que se marcan en mi piel, cada día más numerosas, y pienso "bien". Me siento orgullosa por las huellas que va dejando en mí esta batalla silenciosa, esta lucha sin sentido. Moratones que no saben de dónde han venido ni por qué se van (volverán), quemaduras gratuitas y algún que otro arañazo de etiología indefinida. Y los miro con orgullo, como el que sabe que ha errado por un bien mayor, aunque no exista, aunque esté tan a millones de años luz de distancia que ni lo sienta, aunque lo sueñe.
Automutilación en mis entrañas. Otro capítulo.
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