A veces te imagino muerto, exiliado de esta vida,
para hacer comprensible el estado de las cosas,
evitable el amargor en las papilas,
amable el recuerdo de la era borrosa.
A veces te imagino viento, y como tal,
que nunca existió porque no se dejó ver,
como un dios que acecha desde el cielo, voraz,
como una amenaza a punto de caer.
A veces me imagino un árbol,
caduco, esperando que le agiten las hojas,
que le abonen con cal y entre cal y cal, arena, y viva,
bien viva, y que queme.
Y se mueran sus raíces, y se incendien sus semillas.
A veces les imagino plástico, fundido,
derramándose por tus manos y tú, latiendo,
les cuentas el cuento de la vida y sus errores y,
regándolos con verdades, omites el círculo sin sentido
de las noches llenas y las horas vacías,
del salir aturdido y entrar convencido de que había otra manera,
un ángulo muerto que no oímos pedir ayuda,
mis días pudriéndose en la nevera.
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