¿Y si no tienes los chapines colorados con los que regresar a casa? ¿Y si ni tan siquiera tienes un propio Kansas al que llamar hogar?
Entonces te apegas a cada baldosa amarilla como si fuera tuya y así, sin saber muy bien ni cuándo empezó ni dónde acabará, recorres el camino, sin pedir mucho más, ni un corazón (toctoc tal vez no suene a hueco), ni inteligencia (que te distrae de la felicidad)...simplemente otro paso, otro día, no alcanzar a ver el final.
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