A mi izquierda, un hombre apoyado en una cabina, la cabeza entre los brazos, como un avestruz; la cara abierta de tanto gritar, de tanto llorar. Y, sin embargo, todo tiene una pátina de mentira, de teatro, ni rastro de pena- a saber... las piedras que cargará.
A mi derecha, un hombre sentado en una repisa, observando al primero, tranquilo, la cara relajada de tanto mirar; la piel curtida por un sol que lleva años sin serle amable, mientras se deja mimar por la calidez de la calle, por el frío de sus portales, por la vida de los parques.
De frente se aproxima un grupo de individuos, no les oigo hablar pero sé que no son de aquí - ¿y quién lo es y, de dónde? Ríen ruidosamente, casi incívico, casi desagradable. Y ahí sí que viene la pena, el sentir que el mundo sí que es de ellos, y no para mí.
Atrás... hace tiempo que procuro no mirar, no vaya a ser que los monstruos marinos y las brujas del páramo vengan detrás- o tal vez sólo me cuiden en las noches, me arropen, y me aplaudan en el silencio.
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